23 de diciembre de 2008

Maldita partida de ajedrez...con demasiados jakes y ningún mate

Pasan los años, y seguimos igual. El tablero continúa entre los dos, y apenas ha habido cambios en la disposición de las fichas. Te miro y me miras, siempre demasiado tarde, siempre en ese tiempo que se nos escapa, ese tiempo irrecuperable que jamás tuvimos. Nos miramos como a través de un crital, nos tocamos como si fuéramos meras representaciones de nosotros mismos. Nos miramos y nos tocamos incrédulos, creyéndonos en un sueño que recorre eternamente el mismo circuito de ida y vuelta. Hablamos sin poder besarnos, jugando con palabras y silencios, sin tomar la iniciativa, dejando pasar el tiempo sin dar un paso adelante ni una vuelta atrás....nos tentamos tras el tablero, mostrando las fichas, comiéndolas lentamente, pero nunca realizamos jugadas definitivas... De tanto pensar estrategias que nos lleven al otro extremo del tablero, nos cansamos y dejamos la partida a medias. Te vas. Me voy. Desaparecemos, nos abandonamos a otros tumultos, juegos más libres, bailes dispersos y breves.
Olvidamos y de pronto un día nos volvemos a encontrar. Un momento de shock y vuelta a empezar. Con risas, timidamente, rescatamos el tablero cubierto de polvo, y retornamos al acoso...pero nunca alcanzamos el derribo de nuestras reinas y reyes.
Me siento idiotamente adolescente, te veo absurdamente infatil, como si no supiéramos aun cual sería un siguiente paso...Nos mantenemos inmóviles, respetando esa línea imaginaria que hemos trazado durante años y años.
Querría lanzar el tablero lejos, olvidar las reglas que nos mantienen cerca pero apartados, que nos obligan a mirarnos, a imaginarnos, siempre en otro plano, siempre en otra dimensión. La carne sufre, se cansa, tirita..., los labios se secan y las pupilas agotadas ya solo ven cuando los párpados las dejan descansar y las envuelven en oscuridad.
Un dia si, y otro también maldigo la partida que yo misma inventé, cuyas reglas impuse y tú aceptaste...Pero ya está bien, ¡no me dejes mandar! No me permitas cerrar caminos, luchemos contra el mito imposible que hemos creado con la repetición de gestos esperpénticos de seducción...Abramos los candados de la celda que nos autoimpusimos, rompamos el metracrilato a mordiscos y arañazos, rayemos el tablero y devoremos las fichas hastiadas y solitarias. Mezclémonos de una vez, en una lucha cuerpo a cuerpo.

19 de diciembre de 2008

Donde nunca pasó nada

El espacio lleno de dudas y tú no estás aquí para resolverlas.
¡Vuelve locura! Vuelve a transtornarme día y noche, regresa a mi cama y desnúdame sin permiso. Regresa envuelta en misterios velados y sálvanos de la ruina. Regresa para que todo aquello que se secó renazca, para que los niños jueguen de nuevo bajo nuestras lágrimas, para que la desidia no rompa nuestros suspiros frente a una pantalla que noche a noche nos separa. Regresa para que nuestros cuerpos no se hermanen, para que la tensión del deseo reproduzca nuevas fantasias sobre las pieles pulidas por la costumbre.
Locura, devuélveme esa rabia y esa dulzura, devuélveme la ingenua curiosidad. Tráenos un nuevo juego, una aventura, un relato, una huida que contradictoria nos conduzca al reencuentro.
Locura vuelve a por mi y arrástrame hacia el mar, devuélveme al mar, a esa inmensa espesura donde no pasó nunca nada....donde el tiempo no tiene filas ni círculos, donde la geometría es rebasada por la intensidad de un delirio, de un recuerdo, de un sueño.
Locura ahógame o resucítame, pero ven, ven a por mí. Sin tí no estoy viva, sin tí no soy nada, la cordura me envejece y ya no tengo ni ganas...
Ven, abrásame o resucítame, locura regresa aquí y llévame hasta el fin.

29 de noviembre de 2008

El retorno a la inocencia

Todo comenzó hace demasiado tiempo, en esa edad en la que nos creemos dueños del mundo, que pensamos que todo está hecho para nosotros y tenemos derecho a ser felices sin esfuerzo, porque siempre seremos jóvenes, hermosos e invulnerables. Pero sólo éramos niños, y caímos en el terrible error de desobedecer y burlarnos de poderes que no comprendíamos, nos tomamos en broma las advertencias sobre la precocidad, y quisimos desentrañar misterios que no nos concernían.
Sin darnos cuenta se quedó atrás la edad de la inocencia y la soberbia, habíamos crecido y cargábamos con un castigo que nos torturaba segundo tras segundo. Pero aun éramos jóvenes, nos quedaban fuerzas para tratar de escapar, para poner punto y final al martirio. Llevábamos tanto tiempo sufriendo juntos, que no hicieron falta palabras, todos estábamos deacuerdo en que debíamos intentar llegar al corazón de la Cueva del Mago y lograr que éste nos ayudara.
La entrada era oscura y húmeda, pero no hacía frío. Mientras avanzábamos, las paredes despedían una luz tenue fosforescente que nos daba la impresión de habitar un sueño. La cascada se encontraba al final de un estrecho pasadizo de un metro y medio de altura. El agua púrpura y densa que emanaba del vientre de las rocas, brillaba como rubíes mientras caía sobre unas hermosas y juguetonas sirenas. Todo aquel que estuviera advertido de su poder no se dejaba engañar por sus rostros y voces angelicales, sino que erguía la cabeza y pasaba sin mirarlas, sin dirigirles la palabra ni enredarse en sus artimañas. Pero no todos conocían la astucia y maldad de estos seres. Las sirenas seducían y arrastraban a sus víctimas hasta el fondo del lago y los hacían desaparecer sin dejar rastro. Según la leyenda los devoraban y el agua era la sangre de aquellos infelices que caían en sus lindos brazos. Nosotros caminábamos como poseídos, y pasamos por la gruta sin advertir a penas la presencia maligna.
Continuamos descendiendo, por cuestas interminables sin detenernos un instante, hasta llegar tras horas y horas en completa oscuridad hasta una estancia abovedada. Allí el sonido quedaba encerrado y absorbido por un acolchado vegetal, una especie de líquen o musgo azulado y luminoso que recubría las paredes de la cueva. Resultaba particularmente agradable dejarse llevar por el silencio y la paz puros que allí se respiraban. Las gotas de agua que atravesaban el techo y que habían ido formando estalactitas se deslizaban hacia el suelo modulando una agradable melodía que nos sumía en un profundo letargo.
Llegamos apretando contra el pecho aquellos manuscritos que nos condenaban a caminar en círculos,a repetir una y otra vez el absurdo perseguirse eternamente. Habíamos enfurecido a los Dioses y necesitábamos la ayuda del sabio, necesitábamos que nos librara de la condena de los Señores. Estábamos sedientos y exhaustos, pero no nos quejamos. Me dejé caer de rodillas y miré a mis compañeros consternada. Rompí el silencio.

- ¿Hemos llegado?

Ellos callaron. También estaban agotados. Habiamos realizado el camino seguros de encontrarle, ni siquiera nos planteamos el fracaso, era preferible morir en aquellas profundas oscuridades que seguir martirizados, explotados y expoliados en nuestro bosque. Sin embargo, ahora que habíamos llegado, ahora que el cansancio había consumido nuestro entusiasmo, comenzábamos a dudar. ¿Realmente le encontraríamos? Y aun así, ignorábamos si nos recibiría, si estaría dispuesto a liberarnos de nuestra maldición. Todo dependía de su antojo, sólo él podía hacerlo. Nos sentíamos frágiles y confusos, como pequeños animales a merced de un gran domador.

Transcurrió una tediosa espera en la que nos mirábamos con angustia, sin saber que hacer. Allí no había forma de medir el tiempo, yo contaba una a una las gotas que caían desde las estalactitas, pero siempre perdiendola cuenta y volviendo a comenzar una y otra vez para no enloquecer... No se cuantas conté cuando de pronto, apareció Él, sentado en un rincón. La estancia era mayor de lo que creimos en un principio. Por algun motivo no habíamos percibido una espesa nube de humo en el fondo de la estancia, y al acostumbrarse nuestra vista, comprobamos que él llevaba todo el tiempo allí, observándonos.

Sonrió y tendió la mano sin levantarse. Nos acercamos aturdidos, sin saber que decir por la turbación. Él nos miraba tranquilo desde su asiento, y mantenía una sonrisa agradable. El silencio nos aplastaba y nos hacía temblar ridículamente. Él era delgado, de rasgos angulosos, equilibrados y melancólicos. Unas oscuras ojeras marcaban su rostro, y su sonrisa pese a ser sincera se me antojaba triste. No hubo presentación, no le explicamos nada. Él sabía porqué estábamos allí, y sin dejarnos hablar comenzó a dictar órdenes, llamándonos por nuestros nombres. Nos hizo colocarnos a cada uno sobre una piedra frente al abismo de la determinación y allí, nos desnudamos y comenzamos a gritar el conjuro que nos ordenó, uno diferente para cada cual. Yo me detuve de pronto, Saida me miró, la miré, nos separamos y ella fue la única que en lugar de obedecerle acudió a su lado en silencio, con una sonrisa cómplice que ninguno comprendimos.

Saida sentada a sus pies me daba la espalda. Reían los dos, fumaban distraidos, casi sin mirarnos, pero al mismo tiempo dictaban cada uno de nuestros gestos. Yo gritaba y sudaba, sacudida por fuerzas extrañas que me arrastraban hacia el vacío, pero al mismo tiempo algo me sujetaba sobre el suelo. Mi cuerpo parecía objeto de una lucha entre corrientes opuestas, batalla en la que presa de la angustia ignoraba quien vencería. Esta batalla lidiada en mi carne, me llevó al límite, estaba extenuada pero no olvidaba las órdenes y las cumplía con exactitud. Entre cada combate, algo me obligaba a descansar, durante esos trances de silencio y calma, el sudor se enfriaba y mi cuerpo se entumecía, pero mi mente se despejaba y lograba ver con claridad. En estos momentos observaba a Saida, que bajaba la mirada ante el mago, mientras él con ternura la invitaba a coger la pipa. Entonces ella reía alzaba la vista, y se perdía en los profundos ojos verdes del sabio que susurraba algo que el resto no lográbamos escuchar. Saida le observaba intensamente, hasta que él posaba su mirada en ella, y desde mi piedra la veia enrojecer. Saida, la sensual y juguetona Saida se encontraba fuera de juego ante aquel misterioso personaje. Él parecía no darse cuenta y continuaba su charla. Yo me sentía su sombra, la imitaba, sin querer me movía con sus movimientos, sonreía con su sonrisa, caminaba a su paso...
Comenzaba a adormecerme mientras les observaba, cuando de pronto recaí en el éxtasis. Saida se levantó y se acercó a mi. Estaba hipnotizada, alargó sus finos dedos y me cogió la cabeza con vehemencia. Sus ojos centelleaban, estaban enrojecidos como si fueran de fuego. Yo me mareaba a punto de perder el sentido, pero entonces ella me besó en la boca. Su lengua me hizo cosquillas y toda la zozobra desapareció por fin. Me dejó caer al suelo, y me ví caer desde fuera, como si yo no fuera yo, como si mi mente estuviera en otra dimensión. Mientras tanto nuestros compañeros seguían gritando y retorciéndose sobre sus piedras. Yo estaba tumbada, sin poder moverme, observando todo alrededor confusa e impotente.

El mago se incorporó lentamente, se dirigía hacia nosotras. Su cuerpo era frágil y hermoso, pero algo le obligaba a moverse con lentitud. Su sonrisa provocaba en Saida una mueca. Yo luché por levantarme, pero mi cuerpo no reaccionaba, mi mente flotaba con libertad, pero mi carne dormida me obligaba al silencio y la inercia. Quería correr hacia él, pero fue Saida quien se movía ágilmente, la que fue a buscarle y abrazados vinieron hacia mí. Él comenzó a tararear una extraña melodía que me traia recuerdos inconexos, quería darle las gracias, pero algo me aplastó los párpados y me hizo caer en un sueño profundo.

Mis pies corrían sin mí, se alejaban por un camino de piedras, me dolían aunque no estuvieran pegados a mi cuerpo, me dolian y me enfadé con ellos.

-¡Volved! que os vais a hacer daño y luego no me serviréis..

Pero no me obdecieron y los perdí de vista. Entonces un gato gris azulado se acercó, me miraba intensamente, le llamé, pero él tampoco me escuchó. Buscaba algo en la oscuridad, olisqueaba y sus pupilas de dilataban excitadas. De pronto, reconocí el alcornoque que me miraba amenazante, era el alcornoque del bosque maldito, donde llevábamos años perdidos.

-Oh, -pensé-no nos rescató al final...no sirvió el conjuro...Aquí estoy de nuevo, y encima sin pies.¿Qué habrá fallado? ¿Dónde estarán los demás?

Mientras pensaba esto, el gato había crecido amenazadoramente. Ahora medía cuatro veces más que antes y seguía aumentando. Ya no parecía distraido buscando bichillos, sino que me miraba a mí. Comencé a arrastrarme para alejarme, para ocultarme de ese animal que comenzaba a transformarse en una bella y terrorífica pantera. Mientras se producía la transformación, se aproximaba muy lentamente, meciendo su cuerpo creciente con elegancia y suavidad. Sus ojos verdes clavados en los míos no anunciaban nada bueno. Al fin me dí cuenta de que era inútil tratar de huir. Me tumbé en el suelo a esperar que el felino cayera sobre mí y me desgarrara. Ya oia su respiración cerca de mí, noté el calor de su cuerpo junto a mis piernas mutiladas. Su cuerpo iba avanzando , cubriéndome. El corazón me latía frenéticamente, agarré la tierra con las manos, clavando las uñas con fuerza. Su aliento sobre mi cara me estremecía, olía a sangre y carne putrefactas.

- Mírame, mírame por una vez, antes del fin...

Negué con la cabeza.

- Mírame a los ojos, mírame y te prometo que no sufrirás.

Respiré hondo. Todo mi cuerpo era un temblor. Pero no obedecí.

- Mírame, ya eres libre, mírame,no tengas miedo. Sólo tienes que abrir los ojos.

Su aliento había dejado de ser fétido, ahora olía a marihuana. Entonces decidí hacerlo, aunque no confiaba en aquella enorme fiera de piel brillante y pupilas dilatadas. Pero al abrí los ojos, no encontré las grandes fauces de la pantera como esperaba, y no me encontraba ya en el infierno vegetal donde me rendí ante ella. Tampoco estaba en la cueva, ni en ningún lugar conocido.

Era verdad. ¡Es verdad!. ¡Soy libre!. Y no estoy sola...¡Todos somos libres! Mis compañeros están ahí, a unos metros de mí. Están alegres y se bañan desnudos en la orilla de un inmenso azul que parece el mar, que es el mar. Hay horizonte. El viento me trae aroma de algas y sal y acaricia nuestra piel. Siento como mi cuerpo se desentumece bajo el sol. Sobre mí no hay una pantera, aunque sus ojos son los mismos: verdes y profundos, pero es otro rostro, ese rostro liberador, aquél rostro amable y generoso que nos salvó del infierno oscuro y circular. Me coge la mano y me ayuda a incorporarme.

-Has dormido más que el resto, venga, ven a bañarte, a limpiarte,y a olvidarlo todo.

Asentí con la cabeza, aun no podía hablar. Reímos. Nos quitamos de nuevo la ropa y salimos corriendo, agarrados de la mano hacia al agua, a reunirnos con Ahmed, Luis, Giulia, Chan y Elisabeth. Ya no volveremos a ser esclavos de nadie, ya no volveremos a arrastrarnos en rutinas incomprensibles, bajo el mando de amos crueles e inhumanos. Libres de Dioses y profecías, a identidades o nacionalidades. Sin fronteras ni credos, el mar nos ofrece otro mundo abierto, nuevo para nosostros, viejo como todo lo que puede ser nuevo, renacido, redescubierto. Volvemos al devenir de lo posible, volvemos a nacer para ser lo que queramos. Me miro en el agua cristalina, y veo su rostro, mi rostro. Ya vencida la escisión, Saida me sonríe desde mi reflejo y saludo al día, al nuevo día, sin amos ni esclavos, sin prohibiciones ni prisiones.

11 de noviembre de 2008

Desnudeces ebrias

Comienza la noche con una completa heterogeneidad. Cada uno en su sitio, bebiendo, hablando, desplegando su ego y enfrentándolo al resto con resolución. Algunos se afirman en su silencio, brillando en su soledad o en su timidez. El humo del hachís y el tabaco van amoldándose a los cuerpos, plegándose a las voces y adhiriéndose a la ropa y al pelo. El alcohol va templando los cuerpos, entumeciendo los cerebros pero dando vivacidad a los ojos y las lenguas.
Van subiendo el volumen de la música y puede que haya porno en alguna pantalla, quizás pongan vídeoclips de los Doors, Nirvana, Madona... Las conversaciones se tornan más apasionadas o pesadas, más rápidas y profundas. Tu cuerpo, mi cuerpo, su cuerpo se tambalean en ondas que confluyen y se alejan, que se ofrecen y se niegan.
Las letras de las canciones rigen los ánimos. Las luces pesan sobre mi cabeza, sobre tu frente, que va inclinándose segundo tras segundo hacia mi pecho, hacia mi cara, hacia mi mano. Las bromas se despliegan a lo largo de los grupos, más difusos, mas fluidos. Lo compacto se hace volátil, lo quieto móvil, las palabras ya no son ni suyas ni tuyas ni mías. Los flashes de las fotos, los abrazos y los toqueteos se confunden bajo las luces parpadeantes de colores.
La copa me crece entre las manos, tu boca me sabe a sal y a tequila. Huyo al baño,entre cuerpos llenos de sensualidad, entre miradas que no me ven pero me devoran. Corro al refugio de los azulejos, a la cordura del espejo, y al olor de alcantarilla, meadas y vómitos. El agua cae por mi cara, siempre el agua, siempre la pureza del agua. Me limpio por fuera y por dentro. Regreso airosa, impecable y ligera. Corro a perderme, a fundirme con la masa, a transformarme en ella y en él, en todos ellos, en nadie. Las manos siguen cayendo por mi cuerpo, mis caricias se despliegan también junto a insultos y malentendidos. Abrazos y pequeños hurtos. De bar en bar, pagando unas veces y otras no. Personajes extraños se van uniendo al peregrinaje. Admiradores obscenos, truhanes simpáticos, payasos tiernos. En cada garito sucesivo las luces son más fuertes, la música más estridente, las caras más nubladas, las distancias se hacen irreales, la perspectiva atrofiada.
Como un animal buscando una madriguera,como una ola buscando la orilla, el cansancio y la sensualidad nos empujan de una piel a otra piel. Los deseos se ofuscan se obsesionan y entran en bucles de seducción. El olfato, que no disntigue, inventa afrodisíacos oníricos, aliandose al reino de las hormonas. Cruzamos todas las barreras, nos fundimos en besos sin nombre, sin memoria. Las lenguas dan vueltas en otras bocas, los dedos se afilan debajo de la ropa, prendas que se arrancan que se pierden que se esparcen sobre las copas derramadas, sobre las colillas, sobre el barro y el hollín. Los cuellos saben a saliva, las manos húmedas huelen a miel. Las piernas suaves y marinas, se deslizan contra otras piernas recias que aprisionan y liberan. Los ojos se tornan y los nervios se rebelan. Gimen los cuerpos confusos, obstinados en perderse en otras oquedades. Cuerpos y camas, esquinas y bares, huyendo de los ojos extrañoso buscándolos con ansia de exhibicionismo. Promiscuidad, devenir de pieles... tú que me posees, poseerte mientras devienes nínfula y yo varón. Virgen entre tus manos sabias, serpiente sobre tu regazo, firme, insaciable, rotunda..., y entonces, el cansancio mortal, Orfeo triunfando sobre Dionisos, se retiran Ares y Afrodita...Vuelve el imperio de lo individual, el equilibrio retorna y la muerte se apodera de nosotros,devolviéndonos a la soledad, a la individualidad, a la moralidad y el recuerdo...Entonces el ronroneo final, dormidos como gatos,todos, todas juntas en tu jergón.

17 de octubre de 2008

pateras y rejas

Mustafá nació en una estrecha callejuela de Tánger. Era el menor de cinco hermanos. Su madre tejía mantas y jerseys, se encargaba de las tareas de la casa y de limpiar la tienda. Sus dos hermanas se habían casado muy jóvenes con hombres vagos y astutos, y ahora vivían en el campo. Su padre y sus hermanos se turnaban entre sí el trabajo en el bazar de la kasbah, con largas estancias en el bar. Pasaban horas y horas fumando hachís y bebiendo vaso tras vaso del whisky marroquí (té verde ardiendo con menta fresca) mientras escrutaban el vacío, o se enloquecían con un partido del Madrid o el Barça. Mustafá prefería corretear por la calle con sus amigos y jugar al fúbol, que era lo único que compartía con su padre quien sólo sabía hablar de dinero, fútbol y España. Muchas noches, se sentaba junto a él después de cenar y de decía:
- Hijo mío, tú no eres como tus hermanos, eres buen estudiante, así que debes tener visión de futuro-afirmaba acariciándose la barbilla-, Sabes que tenemos muchos familiares que han hecho fortuna en Alandalus, confío en que algún día te mandaremos allí y me harás sentir orgulloso.
El chico acababa de cumplir dieciséis años, aunque parecía mayor, porque era muy alto y fuerte y ya comenzaban a oscurecer su cara la barba y el bigote.
Además, se sentía mucho más hombre desde que logró hablar con Sumaya, una adolescente bereber que iba a una escuela de su calle. El chico la había visto pasar en innumerables ocasiones frente a su ventana, rodeada siempre de otras chicas, riendo y cuchicheando. Se desesperaba pensando como acercarse a ella. La miraba e imaginaba mil fórmulas de presentación, trataba de adivinar que intereses tendría, sus gustos y sus sueños, para sorprenderla y seducirla, pero al final siempre se quedaba asomado a la ventana, sin hacer ni un mínimo guiño. Después de semanas así, se lo contó a sus amigos y planearon abordar al grupo de chicas a la salida de la escuela, pero fue un fracaso rotundo. Solo consiguieron que escaparan de ellos tras miradas de desprecio y un silencio mohíno.

- Es la historia de siempre,- le consolaba su hermano Ahmed, el mayor, mientras daba vueltas a su pipa- . A mí también me costó hablar con mi mujer, y si además es bereber...Creo que lo vas a tener difícil.

Pero Sumaya también se había fijado en Mustafá. Un día, ella no bajó la calle de la escuela con sus amigas que pasaron a la hora habitual. Ella tardó mucho más en salir, y pasó sola, más lentamente que otras veces, aunque sin levantar la cabeza del suelo. Él, que esperaba ansioso verla, extrañado y angustiado ante su retraso, en cuanto la vió, agitó las manos tratando de llamar su atención, pero ella no pareció darse cuenta. Entonces el muchacho decidió que era el momento de acercarse. Se tropezó al dar media vuelta sobre sus pies para abandonar la ventana y dirigirse hacia las escaleras, pero se levantó del suelo al instante y bajó a saltos hasta la calle. Allí comenzó a andar detrás de ella despacio, con las manos en los bolsillos, y alzando la vista lo justo para adivinar su figura.

Sumaya parecía no darse cuenta de la persecución, pero en realidad escuchaba atentamente los pasos a su espalda y de reojo en las esquinas comprobaba que el joven continuaba su camino. Anduvieron por las callejuelas del casco antiguo durante media hora, él siempre detrás, manteniendo una buena distancia pero sin dejar que ella se perdiera, mientras Sumaya aparecía y desaparecía juguetona pero siempre pendiente de él. Llevaban así una media hora, cuando de pronto ella dejó de dobar callejones y se dirigió claramente hacia la playa. Cuando estuvieron lo suficientemente alejados de cualquier conocido, ella se dejó caer sobre la arena blanca. Él se sentó a unos pocos metros, y así permanecieron en silencio un buen rato. El viento se les pegaba al cuerpo, pero ninguno temblaba, y sin mirarse, sólo estaban concentrados en la presencia del otro. Hasta que en algún momento de aquella eternidad extraida del curso del tiempo, él le preguntó su nombre.

Desde aquél día empezaron a verse y a quedar a solas, para hablar de sus vidas y hacer proyectos juntos.

El día que cumplía 16 años los padres de Mustafá le anunciaron que habían conseguido un barco que le llevaría hasta las costas españolas. Debía llegar hasta Granada, allí se encargarían de él y le enseñarían un oficio. Mustafá no tenía muchas ganas de irse precisamente ahora que había conocido a Sumaya. Esperaba que ella llorase, que intentara retenerle o que se enfadara y lo maldijera. Pero cuando se lo contó, ella sólo sonrió.. Sonrió con su hermosa boca roja y grande y agarrándole del cuello le besó en la cara.

- Si, ve, haz fortuna, y nos casaremos cuando vuelvas, o quizás pueda ir yo también contigo cuando te establezcas allí.

Mustafá se resignó a los designios de los demás y se embarcó en la oscuridad con otros trece chicos más o menos de su edad. Todos enviados por sus propias familias, que confiaban en que podrían dar un futuro mejor a sus hijos. Algunos se pasaban una barrita de pegamento, y cuchicheaban agazapados bajo la manta. Mustafá temblaba junto a otro chavalito que igual que él no deseaba aquél viaje.

La llegada y la detención fueron violentas, lentas y largas. Se mezclaban las amenazas y golpes, la policía y las ambulancias. La hipotermia no le permitía ver más allá de su propio cuerpo, la vista se le nublaba y estrechaba en forma de embudo. Lacabeza la daba vueltas y no comprendía el idioma en el que le hablaban, auqnue su padre dominaba ciertas expresiones castellanas para vender sus cachibaches, Mustafá nunca había prestado demasiada atención. Él se veía crecer y morir en Tánger, o quizás en el campo, no tenía grandes ambiciones, y Al Andalus nunca le había llamado la atención. Mientras pensaba en estas cosas, se dilataban las horas que pasó en el hospital. Después los dejaron durante un tiempo indefinido en un polideportivo con muchos otros inmigrantes, la mayoría del sur de África. Mustafá y sus amigos se divertían, pero también añoraban sus familias y sus casas.

El centro de menores refugiados no estaba tan mal, aunque era una cárcel. Estar indocumentados y ser menores de edad les daba la oportunidad de tener techo y alimento, además les enseñaban el idioma, y podían gastar el tiempo jugando al fútbol, y viendo la televisión. Algunos se escapaban para robar, conseguir pegamento o hachís, o simplemente para disfrutar de un poco de libertad. Mustafá y Ahmed trataban de aprender lo más rápido posible. Les medían las muñecas para calcular su edad, y a Mustafá le creyeron próximo a los 18. Pasaban los meses y las salidas habían sido contadas y siempre bajo vigilancia, pero Mustafá se conformaba con hablar por teléfono con sus padres y escribírse con Sumaya. Además lo pasaba bien con sus compañeros y se fue acostumbrando a estar en el centro, pese a las estrecheces a los castigos y ciertos abusos de autoridad de los educadores, que aplicaban una disciplina exagerada a la que nunca se había visto sometido por su familia ni sus maestros. Pero Mustafá tenía un carácter tranquilo y no provocaba muchos problemas, por lo que tampoco solía sufrir tanto como otros más rebeldes.

Habían pasado ocho meses, cuando volvieron a medirles las muñecas. Acababa de llegar otro grupo de marroquíes y se seleccionó a unos cuantos del centro a los que se consideró adultos y se les expulsó. En el grupo estaban casi todoslos chavales más problemáticos, y Mustafá. Los otros estaban contentos, pero Mustafá aun no se sentía preparado, era un niño, sólo en un país extraño, donde no conocía a nadie más que a ese grupo con el que tampoco se hubiera llevado en su país. Todo le resultaba hostil. Trató de convencer al psicólogo, al director del centro, a la trabajadora social...pero nada, no le creyeron. Le dijeron que no podía permanecer allí por más tiempo,que no había sitio.

Hacía frio. El aire era seco ese día. Cruzó la puerta lentamente, asustado y triste. Agachado bajo su pequeña mochila de NIKE, vacilante, avanzaba mirándose los pies, con las piernas temblorosas. No se le veía la cara, sólo se adivinaban el miedo y la pesadumbre. Estaba solo y no sabía a donde ir.

Al día siguiente, la trabajadora social llegó temprano como cada mañana al centro. Al abrir la reja se encontró con un niño dormido entre unos arbustos, acurrucado y doblado sobre sí mismo parecía mucho más pequeño. Era Mustafá, que había saltado la valla por la noche para volver a entrar al centro, huyendo de la prometida libertad democrática de Occidente. El director del centro llamó a la policía para que se lo llevaran.